Es difícil ahogarse en el infinito cuando no puede uno ni siquiera beber pequeños charcos de soledad. El mar, siempre en movimiento, ejemplifica un absoluto terrible. Una perpetuidad vacía que le habla más al infortunio y a la desesperación que el gracioso dinamismo de un río. Entre más vistoso sea el quebrar de las olas más melancólico resulta el observar al mar; pues pareciera que se burla con una gracia reservada de nuestro delirio de ser dioses.
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