Los vellos de mis brazos se erizan y mi piel cambia de textura; al mismo tiempo mis ojos empiezan a arder en sus comisuras como si se tratara de algún cítrico. Probablemente aguantar el llanto es más amargo que una mordida ancha a un pomelo viejo. Pero cada llanto es diferente, este no es el de leer un poema de Hughes o Rumi, es el llanto de una verdad innegable, penetrante, e injusta; porque humano y sufrimiento son inherentes, y aceptarlo me aterra.
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