Al posarme su pecho todo es tranquilidad. Ni siquiera el repetitivo y adormecedor sonido del abanico de la alcoba parece incidir en mí. Las sirenas al exterior se sienten lejanas, casi ficticias. La oscuridad me acoge cual sábana en una noche de frío y humedad.
Su respiración es calmada y profunda. Me mueve al mismo ritmo al que siento se mueve el Universo. Observar sus ojos cerrados me alivia. Dejo de pensar. Todo se detiene, incluso mis ideas y emociones. Comienzo a caer dormido, a descansar, a dejar este mundo aunque sea por un instante.
Dormir es jugar a morir.
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